viernes, 24 de abril de 2009

PRÁCTICA 6: SER UN PRODUCTO EN LA VIDA Y EN LA MUERTE

Cuesta imaginar que la vida de uno se convierta en un gran circo mediático. Más aún cuesta pensar que sea uno mismo el que mueve dicho circo; ser el que, sometido el propio cuerpo dentro del cañón, encienda la mecha que le dispare. No obstante, lo realmente inaudito es soñar con mantenerse planeando en el aire, ser capaz de no caer en picado pero, más que eso, ser capaz de no vacilar en la decisión primigenia de lanzarse al vuelo, de no querer aterrizar y caminar con los pies sobre la tierra.

Jade Goody, definitivamente, no tenía nada: hija de una madre drogadicta, persona totalmente iletrada, de conducta reprochable,... Pero ya avisaba Marcuse de que en la cultura puede desarrollarse un pensamiento negativo que pretenda subvertir los principios no materiales de las condiciones de vida vigentes. ¿Qué facilitó el ascenso de Goody a las más altas cotas de popularidad? ¿Qué clase de fantasía promueve que la barrera entre lo público y lo privado se destruya, anclando lo privado a la intención del inmediato espectáculo público? Jade Goody, de la que nadie hubiera acertado que pudiera aspirar a nada, terminó por encarnar el ejemplo de vida y muerte que todo ciudadano de nuestro tiempo debería admirar. Muchas veces se le puso la etiqueta de la primera gran estrella de la telerrealidad. Quizás sería más correcto denominarla como la primera gran mártir de la industria cultural.



Sin lugar a dudas, el público se sentía identificado con Goody. Su analfabetismo y ausencia de tacto conectaban con el ello freudiano del espectador, con sus más recónditos instintos. Fama, dinero, atención de los mass media,... la figura de Goody, insertada en el seno de la teoría acerca de la industria cultural de Adorno y Horkheimer, representaría el objeto más vendido en la nueva producción de la demanda de ítems. Las empresas mediáticas, como afirmaban los estudiosos de Frankfurt, fomentan la aparición en la oferta de aquellos productos culturales que son tendencia en los fluidos internos que engrasan toda sociedad.

Pero la construcción de personajes célebres, proceso en el cual el caso concreto de Goody es sobradamente ilustrativo, juega con una ficha más. Al cruce de diversa
s características de los bienes de moda- valores como la rebeldía, el sueño de ascensión de status, la falta de una moral occidental clásica instaurada,...- se le suma el elemento antropomórfico. En otras palabras, Jade Goody no contaba meramente con el valor estético propio de la obra material comercializada, sino que en ella cada uno encontraba algo humano que también era inherente en él mismo. Los profesionales del periodismo de todo el mundo supieron como hacer de Goody una máquina generadora de necesidades humana, un expendedor de demandas emocionales que después se entregaban al público como si fueran, en realidad, sus demandas.


Gordon Brown habla de Jade Goody

El mensaje profético de aquel fantástico film que es The Truman Show por fin se ha hecho realidad. Max Weber explicaba que la industria cultural inyectaba en los individuos diversas visiones de la realidad en que vivían, diversos pensamientos y sentimientos respectivos a estas visiones. El producto que constituía- y seguirá constituyendo durante un tiempo indeterminado- la figura de Jade Goody consistía en ventanas abiertas al acercamiento de una realidad con forma de mujer, tantas ventanas como tratamientos mediáticos se llevasen a cabo. No obstante, a diferencia del metraje de Peter Weir, en el caso que nos incumbe el protagonista-producto es consciente de su situación y, más que eso, anhela perpetuarla.

Hasta aquí una breve exposición de la funcionalidad de celebridades artificiales en el comportamiento de las redes de la industria cultural. Concluiremos que Jade Goody es un producto mediático y estandarizado, creado a imagen y semejanza de un espectador que cree consumir el alivio a unas necesidades que han aflorado de sus entrañas. La valoración ética de todo este asunto resulta ser arriesgada y compleja. Tan sólo se propondrá desde aquí un pequeño bosquejo de reflexión.

Si entendemos por estar bajo las cuerdas de la industria cultural el dejarnos guiar por sus preceptos de producción y oferta, ¿cómo deberíamos pensar acerca de participar como producto en dicha industria? ¿Qué valor tiene el comerciar con toda la vida de uno y vendérsela al gigante mediático para que se la revenda a un público popular? ¿Es esta otra de esas novísimas enfermedades de nuestro siglo: el afán de protagonismo y lucro a cualquier costa? ¿O acaso es un viejo mal que ha evolucionado y reaparece con crecimientos cuantitativos y cualitativos? El riesgo de la representación masiva de los valores humanos es similar al que corre la cultura comercializada: lo monetario es lo que acaba por primar; mientras que cualquier otro sentido albergado por los elementos antropomórficos que se citan en el producto queda reducido a la trivialización.

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